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Ésta es la historia, parcial y fragmentaria, de Ricardo Alfredo Valente, secuestrado en su casa de Mar del Plata por el ejército el día 7 de julio de 1976, cuando allí se encontraba junto a su esposa, su hijo de meses, sus padres y su hermana. Tenía 17 años, era estudiante de la Malharro y miembro del centro de estudiantes.

El secuestro de Ricardo no fue un hecho individual, sino que formó parte de un operativo en el cual se secuestró a otros cuatro compañeros de la Escuela Superior de Artes Visuales Martín A. Malharro: Miguel Ángel Erreguerena, Patricia Molinari, Guilermo Cángaro y Graciela Dato. Cuando la secuestran a Graciela se llevan también a Héctor Ferreccio, su marido. “Sólo por ser el marido de”, cuenta Ricardo.

Los compañeros, que en aquel momento tenían entre 17 y 24 años, habían formado unos pocos meses antes el centro de estudiantes de la Malharro. Ricardo recuerda alguna de las actividades que desarrollaban en el centro. Pedían el boleto estudiantil, reclamaban por la validez del título obtenido en la Escuela Malharro para el ejercicio de la docencia, esperaban que a los estudiantes se les permitiera participar en la confección de los programas educativos y hacían actividades con los vecinos de la Escuela. Eran tiempos de inflación. Los materiales de trabajo que requiere estudiar en una escuela de arte son muchos, y aumentaban de precio constantemente. Los chicos hicieron una escultura con el signo pesos atravesado de pinceles viejos. Eran hijos de trabajadores. El padre de Ricardo es sastre, su madre teje pulóveres por encargo.

Como parte del plan sistemático de terror establecido por la Junta Militar, las fuerzas armadas secuestraban a todos los chicos que integraban centros de estudiantes, tanto en las universidades como en las escuelas secundarias, más allá de las actividades que realizaran.

A dos de los compañeros de Ricardo se los llevaron directamente de la oficina de la directora. Una fuerza de tareas de la armada se presentó en la escuela el día 5 de julio de 1976 y por orden de la directora, Elsa Maidan de Montpellier, que los recibió, se mandó a buscar por las aulas a los chicos. La Señora Montpellier puso a los alumnos que ese día estaban en la escuela, Guillermo Cángaro y Patricia Molinari, directamente en manos de los militares.

El resto del grupo, asustado por los rumores y por la reciente noticia de la desaparición de dos de sus compañeros, decidió ausentarse de la institución. Con el correr de los días los fueron ubicando a todos en sus casas, en la calle o en el trabajo. En Mar del Plata, según información aportada por el grupo de trabajo del Faro de la Memoria, hasta el momento se tiene conocimiento de 440 secuestros, de los cuales 244 son desapariciones o asesinatos y se ha podido identificar a 200 sobrevivientes. Los números son aproximados, y corresponden a investigaciones que comenzaron en el año 2015 y se encuentran actualmente en curso.*

A partir del secuestro comienza para ellos un tour de fuerza por el circuito penitenciario que en algunos casos llegó a durar hasta 54 meses. El recorrido incluyó todo tipo de vejámenes. Desde violaciones y torturas, hambre, simulacros de ejecuciones, hasta traslados injustificados y condiciones de encierro infrahumanas. Ricardo cuenta públicamente estas cosas, cuarenta años más tarde, por primera vez. Insiste en que durante años nadie más que algunos amigos, y los involucrados en las causas judiciales, estuvieron al tanto. Decirlo era perjudicarse. Es consciente de que las vidas de los cinco compañeros quedaron truncas y cercenadas a partir de los secuestros. Tardaron más de treinta años en reencontrarse. La mayoría no pudo completar los estudios, y los que sí pudieron lo consiguieron contra una burocracia estatal que prefería ignorarlos. Los antecedentes penales les dificultaron conseguir trabajo. Muchos de los compañeros de Ricardo, quienes declararon en causas que formaron parte de los Juicios por la Verdad, hoy prefieren guardar silencio sobre un pasado doloroso que los marcó para siempre. 

En el 76 Ricardo, con 17 años, estudiaba serigrafía y comenzaba a formar su primer taller de trabajo, que fue identificado de inmediato por los militares como “imprenta clandestina”. Llegaron a su casa en un Falcon y no tuvieron mucha necesidad de hacer destrozos ya que la familia, desprevenida, abrió la puerta amablemente para dejar pasar al inesperado grupo de tareas que les arrancó al hijo. Entre aquellos militares Ricardo cree haber reconocido a Ángel Narciso Racedo, alias “comisario pepe”, Suboficial Mayor de la Armada (R) posteriormente identificado como jefe de operativos e interrogador, acusado de tormentos y apremios ilegales agravados, conocido en aquella época como árbitro de fútbol de la liga marplatense.

Junto a un grupo de detenidos que no conocía, provenientes de otros operativos, se los llevaron a la playa. “Abrigate porque a donde vas hace frío”, le dijo uno de sus secuestradores. Se trataba de la playita frente al Club Náutico, donde fueron retenidos durante una semana a la intemperie, en las precarias carpas de lona que se alquilan para los turistas. De un lado escuchaban el mar, del otro espiaban de vez en cuando a los jugadores de golf. Ahí se los mantuvo siete días encapuchados y esposados. Nunca hubieran podido imaginarse que en la larga peregrinación que los esperaba, las condiciones de confinamiento sólo irían empeorando. 

A la semana apareció un capellán militar junto a una serie de funcionarios, civiles y militares, y luego de hacer una brevísima revista de las carpas solicitaron su traslado. Se los repartió entre los distintos centros clandestinos de detención que la dictadura disponía en la ciudad. Algunos fueron llevados al E.S.I.M. (Escuela Superior de Infantería de Marina), otros al GADA 601, algunos al Faro, etc. Ricardo pasó en aquel momento por la E.S.I.M., Base del comando de Buzos Tácticos, desde donde había partido el comando encargado de su secuestro.

Más tarde Ricardo pasó por “la Escuelita”, donde un Juez de apellido Constantino les tomó apresurada y desordenadamente declaración mientras los detenidos permanecían esposados y encapuchados, sin reparar en las condiciones de ilegalidad en las que se encontraban. Allí permanece incomunicado durante 45 días, y luego por orden del Juez se blanquea su detención y se lo remite a la Comisaría 2da. Ahí quedaría, a disposición del Servicio Penitenciario y confinado entre los presos comunes durante 20 días.

A partir de cierto momento, la Junta Militar decide concentrar a los presos políticos repartidos en una infinidad de dependencias policiales a lo largo del país, y comienza a trasladarlos a un número más reducido de centros de detención. Así es como Ricardo es enviado primero al penal de Azul, donde pasa entre seis y ocho meses en un pabellón de presos políticos, en confinamiento solitario. Más tarde lo enviarían a Sierra Chica, cuyo nombre oficial es Unidad Penal N°2, un establecimiento penitenciario de máxima seguridad ubicado en Olavarría, provincia de Buenos Aires, y una de las cárceles más antiguas del país, donde pasaría los siguientes 18 meses.

Los traslados dejaban a los detenidos sin la posibilidad de mantener contacto regular con sus familiares, y aún en el caso de poder recibir algunas visitas éstas eran (como los son todavía hoy en cualquier cárcel) tremendamente maltratadas por los agentes del servicio penitenciario. En Azul primero y en Olavarría después, se los llegaba a retener en aislamiento, como método aleccionador, durante veinte días de corrido. Usaban uniformes de franela negra. Se los condenaba a la miseria absoluta, prácticamente sin agua y sin comida. Dos detenidos y una sola cama en cada celda individual. Durante el día no se les permitía estar sentados ni mucho menos acostados, no se los dejaba salir de las celdas que se mantenían cerradas, y los llevaban al patio una vez por semana, durante un período que dependía del humor y la buena voluntad de los oficiales a cargo. No tenían acceso a libros, diarios, radios ni noticias de ningún tipo. Toda la correspondencia era revisada y censurada por la administración del penal.

En muchos casos, cuando finalmente llegó la hora de la liberación, a los detenidos se les imponía arbitrariamente regímenes de libertad vigilada, comprometiéndolos a presentarse con leonina regularidad en comisarías o juzgados de regiones distintas a sus lugares de origen, alargando durante muchos meses la separación de sus familias y complicando sus posibilidades de volver a trabajar.

A Ricardo lo liberaron el 25 de diciembre de 1977. Las cárceles estaban llenas de presos injustificables y en fechas como la navidad, con la población distraída por los festejos (esto volvería a suceder en el 78 con el mundial), los militares aprovechaban para “ablandar la situación.” Mandaban jueces o secretarios a las cárceles y arreglaban las declaraciones de los detenidos. Al grupo de Ricardo le habían armado una causa acusándolos de asociación ilícita. “Vos decí que no estabas en el centro de estudiantes y te vas” le dijo un funcionario. Un par de semanas después estaba en la calle. 

Cuarenta años más tarde, la memoria de Ricardo Alfredo Valente no deja de volver, una y otra vez, a aquellos sucesos, a pesar de haberlos mantenido durante tanto tiempo en silencio, con el único y doloroso paréntesis de los Juicios por la Verdad.

* Espacio para la Memoria y Promoción de los Derechos Humanos, ex CCD "ESIM", está conformado por un colectivo de organizaciones sociales y políticas e instituciones de Mar del Plata (Colectivo Faro de la Memoria). Depende administrativamente de la Secretaria Nacional de DDHH.

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