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Artículo escrito por Juan María Solare (pianista, compositor).

La dedicatoria de cualquier obra es siempre un asunto delicado, casi místico. Una dedicatoria no es una palabra al viento; es un conjuro, una invocación; es asociar a una persona con una obra para siempre. Habré cambiado a veces títulos, pero hasta ahora jamás he tachado una dedicatoria: sería como cancelar un vínculo de apadrinamiento, o como desheredar a un hijo. Si existió alguna razón para dedicar tal obra a tal persona, esta razón permanece aunque aquella persona luego haya traicionado esa intimidad: yo soy responsable de mi amor, no de las acciones del otro.

Aquí me refiero principalmente a obras musicales, pero por extensión estos pensamientos se aplican a poemas, narraciones, libros, pinturas o cualquier objeto artístico dedicable.

Dije "amor", escribí "intimidad". No es secreto que una dedicatoria implica un gesto de gran confianza, del cual no hay por qué avergonzarse. En su enorme mayoría, las dedicatorias nacen o bien del cariño o bien del agradecimiento. Más prosaicamente, es posible (y de hecho muy habitual) dedicar una obra musical al intérprete que la estrenará. Esto puede verse como una actitud de calculada conveniencia, de oportunismo (y acaso lo sea, pero es indebido meterse a opinar acerca de las intenciones profundas de la gente); sin embargo, si una persona ha decidido invertir horas de su vida para aprender a tocar una composición musical mía, no me parece que dedicarle esta obra sea "oportunismo", sino un reconocimiento, o al menos cortesía. Después de todo, está invirtiendo tiempo en algo incierto: una obra musical que apenas se sabe aún cómo va a sonar exactamente ni cómo será recibida por el público. Es decir, no es meramente escribir en la partitura un circunstancial "a fulanito" para quedar bien. Intento evitar las dedicatorias por compromiso. El caso extremo sería "vender la dedicatoria", es decir, dedicarle la obra al patrocinador. Aunque aquí no quiero demonizar a nadie; antes bien, querría ver quién arroja la primera piedra.

Desaconsejo absolutamente usar una dedicatoria como forma de soborno, es decir, suponer que adulando a alguien mediante una dedicatoria vamos a conseguir ablandarlo para comprar su voluntad. Además de ser una falta de imaginación, no funciona. Cierta vez (corría 1995) dediqué una obra a un amigo clarinetista. El amigo declinó tocarla: "Es mucho trabajo estudiarla..." Pensé, quizá incluso respondí: "Bueno, a mí también me llevó trabajo escribirla." Pero claro: no hay argumento que valga.

Repasando la larga lista de dedicatarios de mis obras, noto varias cosas. Una: hay muchas personas a las que les he dedicado varias composiciones (en general mis parejas, que como tales me han tenido infinita paciencia). Dos: hay numerosas obras in memoriam, en recuerdo de personas fallecidas. Esto encierra una macabra ironía: tan sólo cuando muere una persona se nos ocurre, bajo la impresión, pensar en ella filtrando lo anecdótico (es decir, concentrándose en su esencia y hallando el aspecto clave de su relación con nosotros) y esto decanta en una obra escrita en su memoria. ¿Qué nos impide adelantarnos un par de semanas y lograr escribir una composición para esa misma persona mientras aún está viva? Seguramente le produciríamos -le hubiéramos producido- una gran alegría.

Otras de mis dedicatorias se dirigen a personas que no conocí personalmente. La causa suele ser simbólica: esa persona encarna de algún modo un valor que compartimos. Por ejemplo Noam Chomsky (a quien dediqué "Operación Isla Tortuga"), porque "cree en un futuro mejor para el país que ama". De hecho, la obra mencionada es cruelmente irónica respecto a su país natal. O también Isaac Asimov (dedicatario de "The void profound of unessential night"), porque aprendí de él a redactar, a organizar las ideas (por extensión, también las musicales). Cuando escribo un artículo, intencionalmente asumo rasgos de su estilo: ironía, precisión en la argumentación, está bien documentado (no he descubierto aún un error grave en los datos que brinda Asimov, y cuando aparece es él mismo el primero en señalarlo), imaginación en las hipótesis (no se satisface con una única explicación, explora alternativas). Asimov reflexiona sobre y halla inspiración en cualquier acontecimiento cotidiano, y extrae de él petróleo. Otro rasgo de su estilo que he adoptado es la inclusión profusa -cuando vienen al caso- de elementos autobiográficos y un diálogo directo -complicidad- con el lector. (Esto último me trajo problemas en ciertas publicaciones cuyos editores creen que los lectores se sienten intimidados si uno se dirige a ellos como si fuéramos seres humanos; de hecho "mejoraban" mis escritos para hacerlos "neutros". Como si la neutralidad fuera realmente posible y -peor- deseable.)

En alguna ocasión (no muchas, pero sí más de una) le he dedicado obras a personas que, al enterarse, cortaron el contacto conmigo. No me escribieron más, y si lo hicieron no se tematizó nunca eso de la dedicatoria. Aún no puedo comprender por qué. No creo que lo hayan tomado como ofensa, pero acaso las sobrepasó emocionalmente, o vaya uno a saber qué. Es material para su terapia. Pero el hecho es que se cortó el diálogo con esta gente. A partir de estas experiencias me hice extremadamente precavido a la hora de dedicar cosas. Ahora suelo preguntar antes a la persona si aceptaría la dedicatoria. Por esto decía antes que una dedicatoria es un conjuro... se conjuran fuerzas de las cuales uno no es totalmente consciente, se disparan sentimientos que pueden descontrolarse.

Pregunto antes si aceptarían, y en un par de ocasiones (para mi disgusto) al menos dos personas rechazaron mi dedicatoria, por diferentes causas muy atendibles (una de ellas dijo que no quería despertar las envidias de sus colegas, la otra dijo preferir que se le dedique una obra más alegre).

Concibo la dedicatoria de una obra como un acto de magia natural, una manera especial de pronunciar un nombre. Una dedicatoria reconoce un vínculo singular entre dos personas (autor y dedicatario), o aún más: lo genera, lo instaura, siguiendo la convicción de que resucitaremos junto a aquello que amamos.