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Esta es una historia entre muchas. Y tal vez es mejor que sea contada. Y que a alguien le sirva para romper el silencio.

Dicen algunos vecinos que al poco tiempo que se instalaron en el barrio se escuchaban gritos a toda hora. Y ruidos. Como si rompieran cosas contra la pared o estallaran sobre el piso.
La señora de la otra cuadra llegó a decir con un poco de miedo que se oía el llanto de Silvia y que gritaba y decía: ¿qué hice mal?


De la voz de Miguel siempre salían las mismas palabras: puta! sos una puta! vos y tu madre y tus hermanas! Y a la nena me la voy a llevar y no la vas a ver en tu puta vida!
Y así pasaron como cinco años. Golpe a golpe mientras los vecinos en sus casas subían la tele. Al otro día alguna mujer la miraba a Silvia en la panadería y en esa mirada ella parecía decirle algo. Pero las palabras no le salían.
A veces se maquillaba un poco los ojos para que no se le viera ese color violáceo. Aunque lo que no podía disimular era la amargura que llevaba en la mirada, en la piel, en la voz, en cada paso que daba.
Encima cuando la nena empezó el jardín le mandaron una notita que decía: Mamá, te esperamos el jueves a las tres de la tarde porque queremos hablar sobre la conducta de Jazmín.
No le dijo nada a Miguel porque seguro que él le iba a decir que eran boludeces, que vaya ella, que para eso estaba.
¿Estaba? Ella se preguntaba todas las noches después que él “la obligaba” y le decía también que ella lo tenía que “atender” y entre golpe y esa fuerza que hacía hasta que por suerte terminaba, ¿para qué estaba en esta vida?
Si no fuera por la nena me tiro al mar-pensaba.
Igual la salvaba algún recuerdo de ese mar. Cuando tenía la edad de Jazmín y con la familia cargaban todo y se iban a la Bristol y el mar era una caricia.
¿Qué era una caricia ahora? Nada.
Lástima que una tarde cuando volvían de la playa tuvo que ir a lo del tío José a buscar algo, él había dicho que se la llevaba un rato para que la vea la abuela que estaba en la silla de ruedas y que le quería dar un beso, después te la llevo, le dijo José a su madre.
El viejo ese de mierda la llevó al baño y le dijo que estaba llena de arena, que él se la iba a sacar y Silvia sintió dolor. Cuando salió de ahí cerró la boca para siempre porque la madre estaba con tantos problemas y se peleaban mucho con su padre y aparte no entendía qué era eso de la arena y la asustó mucho ver al tío sin pantalones.
El jueves fue a la reunión con la seño de Jazmín y todos estos recuerdos se le vinieron así como un viento fuerte que te sopla y te deja desnuda.
Y escuchaba como de lejos que le decían: Vas a tener que hablar con el papá porque la verdad es que cambió mucho, y estos dibujos de la familia son muy significativos, ya se hizo pis tres veces y el otro día cuando vino tu marido no quería ir con él. Lo que más nos preocupa es que cuando le preguntamos por qué hizo eso nos dijo que no quería ir porque la iba a llevar al baño y a ella le duele que le toque la cola. No sabemos, no queremos acusar a nadie pero tenés que ir a alguna psicóloga para que le haga un diagnóstico.
Silvia miraba hacia afuera y veía los árboles que se movían por el viento y pensaba si los diagnósticos serían algo bueno o algo malo y las escenas se montaban una sobre otra: el mar, el tío José, su madre y su padre que se insultaban. La fuerza de Miguel en su cuerpo perdido de dolor, los ojos de Jazmín por las mañanas.
Ahí supo que no se iba a tirar al mar en la Bristol. Y que ella estaba para romper con lo que ya se parecía a un destino que no iba a cumplir nunca más.

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