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Gustavo Cordera, el músico argentino que lideró en algún momento la banda de rock La Bersuit nos puso días pasados en el ineludible lugar de la respuesta.
Luego de sus declaraciones que no expresaron otra cosa que su propio pensamiento y de una parte de la sociedad, se convirtió en unas horas en un ser derrotado y también judicializado.

Se sabe que a esta altura está imputado por el delito de “apología del crimen e incitación a la violencia colectiva".
El que supo cantar Soy mi soberano fue atravesado por una ley que supimos conseguir y que nos ampara y protege a las mujeres de la violencia de género. Aún y también de quienes por sus profesiones u ocupaciones ocupan un lugar de poder y liderazgo.

La respuesta se transformó en acción y afortunadamente asistimos a lo que comunmente se llama “condena social”. Al banquete no faltaron los amigos, los compinches y quienes de una u otra manera suelen justificar aquello que llaman errores.

La basura debajo de la alfombra. El tan conocido discurso que termina siendo funcional al ejercicio de la violencia. Como cuando en las familias se sabe y se termina encubriendo al padre, tío, abuelo o hermano que abusó de la nena. Cómo vamos a romper La Familia?-suelen decir.

Luego y durante el escándalo de asegurar que las mujeres necesitan ser violadas para tener sexo y que si la pendeja de dieciseis años tiene la concha caliente hay que cogersela porque él tiene algo bueno para ofrecer, el ya noqueado Cordera que en otros tiempos nos decía “aprendí a esquivar” y “me siento campeón como Loche en Japón” cayó estrepitosamente en el ring de esta sociedad que ya no tolera mas niñas violadas, mujeres explotadas y golpeadas una y otra vez. Entonces nos pidió perdón.  Las disculpas no nos sirvieron de mucho porque mientras el vomitaba su misoginia nos seguían asesinando y violando. Y lo que es peor. Nos envió una carta por facebook que merece ser material de estudio en las facultades de Psicología para entender cuáles son los mecanismos presentes en algunas perversiones. 

Totalmente escindido manifiesta que quien dijo lo que dijo fue el personaje provocador y no él.
Y también que eso que dijo no es exactamente lo que piensa, que solo lo dijo.
El problema parece ser que el músico en cuestión es un canal por ser artista (según lo expresa). Pero, y esto es lo interesante: no encuentra nexo ni relación alguna entre su mensaje y sus actos. 

Sin intención ni necesidad de pegarle al que ya está en el piso y corriendo al autor de semejante mensaje nos quedan algunas reflexiones:
- Estamos lejos de aquellos aplausos en algunas canchas cuando se le rendía homenaje al conocido Bambino que impunemente sonreía luego de haber violado a un joven en el año 1987.

-La sociedad pareciera ir estableciendo los límites a quienes desde un lugar de poder pretenden evitar ser autores responsables de sus palabras. El lenguaje que nos habita y nos constituye es esencialmente nuestro posicionamiento ante la vida.

-Esta vez quien ganó fue la sensibilidad social y el accionar de la justicia que desde su función normativa respondió a los intereses de la comunidad.

-El intento de transformar en victimario al joven estudiante de periodismo que hizo públicas las expresiones del músico fracasó en el sentido de la ética y de lo que ocurre en un ámbito supuestamente privado. La violencia ha dejado de ser considerada “de puertas adentro” desde hace muchos años y en parte, por la incidencia de los medios de comunicación en la visibilización de la problemática.

Finalmente, resta decir que aquello que el artista brindó a sus espectadores no le pertenece porque ya forma parte del bagaje cultural de un grupo de personas que lo valoraban. Por lo tanto, no hay lugar para el reclamo que el músico hizo respecto a lo que brindó a quienes lo escuchaban y disfrutaban de sus recitales. Esto también nos recuerda de qué forma se implementa la manipulación de personas violentas o abusadoras sobre sus víctimas: “Yo que te brindé todo y vos ahora me vas a denunciar”.

Público exigente que lejos de disociar lo privado de lo que ocurre en la sociedad le exigió a Cordera nada más y nada menos que coherencia.
Debería agradecerlo.