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El martes pasado, el mismo día en que un guarda ferroviario pidió a dos federales que obligaran a un pasajero a bajar del tren Mitre por portar un cartel en el que tildaba de “Mentiroso” a Mauricio Macri, dos mujeres de la Policía local de San Isidro intentaban detener a una mujer que amamantaba a su bebé en una plaza pública céntrica con el argumento de que está prohibido hacerlo en público (?). La mujer se negó y finalmente se retiró para proteger a su bebé de la violencia desbordada de las policías. El sábado pasado deambuló cinco horas con su madre y su bebé atravesando los vericuetos judiciales sin lograr que nadie de turno le tomara la denuncia. Llegó finalmente a la Comisaría de la Mujer donde le dijeron que no hubo delito porque no le habían pegado a ninguno de los dos” (Diario Pag.12)

Cuando impera la doble moral se califica de obsceno al acto de amamantar a un bebé en la vía pública. Pero se aplaude la obscenidad del mercado que exhibe a las mujeres como objetos a consumir en diarios, programas de televisión y redes sociales.
Y se mira para otro lado cuando esas mismas tetas que alimentan aparecen mutiladas adentro de una bolsa.

Ellos/as y quienes avalan semejante cosa son lo obsceno y lo inmoral que a través de sus mecanismos de control de los cuerpos de las mujeres aplauden la subasta y se escandalizan con la teta que alimenta. 

La hipocresía de nuestra cultura tiene límites insospechados.
Pero caben seguramente, algunos interrogantes:
¿Sobre quien o quienes recae la censura? ¿ Sobre las madres y la lactancia?
¿Qué es lo que inquieta? ¿La teta de la madre? ¿Una mujer en tetas en un espacio público?
Y finalmente, de qué cuerpo estamos hablando y cuál es el tratamiento que desde hace siglos se le ha dado al cuerpo de las mujeres?

Quedarnos en que la censura fue dirigida solamente hacia el acto de amamantar puede llevarnos a perder la mirada sobre las estructuras y las bases de un sistema capitalista, opresor y patriarcal que históricamente nos ha quemado, torturado, violado, explotado y apropiado de las mas diversas formas.

Durante las dictaduras llevadas a cabo en diversos países de Latinoamérica, el cuerpo ha sido objeto de control de los poderes de turno. 

Desde sus máximas expresiones como las torturas físicas y psíquicas y las violaciones en los centros clandestinos de detención, hasta los secuestros, la violencia, la censura y todas aquellas estrategias que tenían como fin la represión de las libertades individuales y colectivas. Si bien estas modalidades recayeron tanto sobre varones como mujeres merece en este caso, una especial atención lo que sucedía en la Argentina durante la última dictadura cívico-eclesiástica-militar en relación a la concepción del cuerpo de las mujeres quienes eran catalogadas de putas, locas y guerrilleras. 

El cuerpo de la mujer como categoría política nos dice que a la vez que es un territorio de explotación lo es de resistencia a todo tipo de conquista.
Las manifestaciones a favor de la lactancia materna resultan un justo reclamo por los derechos de las mujeres-madres que deciden amamantar y también de sus hijos/as.
A la vez que el repudio hacia esa intromisión del Estado y de su aparato represor resulta un eje fundamental para avanzar en el terreno de nuestras libertades. No es un detalle menor que Constanza haya sido censurada por integrantes de la policía local de San Isidro.
El actual contexto cultural y político no es un accidente en esta historia de la teta.


A esta altura, parece que lo que sigue inquietando es la teta libre. El cuerpo que se resiste una y otra vez a ser controlado, censurado y reprimido.
En una época de desmantelamiento de dispositivos de salud reproductiva, educación, cultura, violencia de género, educación sexual y de inserción laboral, la apropiación de nuestros cuerpos en manos de los controladores se inscribe como un hecho de intromisón y de apoderamiento de la hermana mas hermosa, la libertad.
Ama-mantar en una plaza, mostrar, develar, elegir, vestir o devestir en el dinamismo de un cuerpo libre siguen siendo actos para los cuales perduran cacerías inquisitorias de este siglo.


"Ya no se condena a las brujas y hechiceras, en primer lugar porque es difícil determinar la prueba de brujería y, en segundo lugar, porque tales condenas han sido usadas para hacer daño. Se ha cesado entonces de culparlas de lo incierto para acusarlas de lo cierto". (Mandrou, 1968:361)