Por Claudio Siniscalco.
 

 

La restauración liberal-fascista que conduce Mauricio Macri está haciendo retroceder a la Argentina más de cien años. Lo más moderno de este “cambio” es la supremacía de la renta financiera, que provocó su primera crisis mundial ya en 1929; lo más viejo, la violencia y el atropello de las leyes al servicio de la dominación de clase y la vocación de exterminio de toda amenaza de cuestionamiento al orden establecido.

En 16 de octubre de 2014 fue lanzado al espacio el ARSAT-1, lo que ubicaba a la Argentina entre las 8 naciones del mundo que desarrollan y producen sus propios satélites geoestacionarios.

El satélite –construido por la empresa argentina INVAP- ofrece un amplio rango de servicios de telecomunicaciones, transmisión de datos, acceso a Internet, telefonía IP y televisión digital a lo largo de Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay y parte de Bolivia.

Luego llegaría, el 30 de septiembre de 2015, el lanzamiento del ARSAT-2, complemento del ARSAT-1 y que extendió su espectro y cobertura al resto del continente americano.

Ambos permitieron incrementar la capacidad de nuestro país en materia de telecomunicaciones. El tercer satélite será explotado por una compañía norteamericana.

División del trabajo

Durante el siglo 19, las potencias dominantes impusieron al resto del mundo la división internacional del trabajo, que dividía al planeta en dos: un pequeño grupo de países dedicados a producir bienes industriales, y el resto orientados a la producción de materias primas. Es lo que se denomina el modelo extractivista, basado en la preminencia de los recursos naturales (agricultura, ganadería, minería) como motor de la economía, con bajo valor agregado y sin desarrollo industrial.

Pero ya a mediados del siglo 20 el modelo desarrollista cuestionó esa división del trabajo, por un motivo simple y a la vez crucial. En el comercio internacional, las materias primas en general pierden valor relativo frente a los bienes industrializados, en un fenómeno que fue llamado deterioro de los términos de intercambio. De este modo, los países productores de materias primas necesitan producir cada vez más para comprar lo mismo, lo que les provoca crisis recurrentes y amplía la brecha cada vez más en favor de los países industrializados.

Por esta razón, la industrialización es un proceso ineludible para el desarrollo económico de un país, y el Estado debe impulsarla, ya que es el responsable de establecer prioridades y asignar recursos.

El  gobierno de Mauricio Macri, sin embargo, no piensa lo mismo. Bajo la premisa de “¿para qué vamos a invertir dinero en cosas que otros países hacen mejor que nosotros?”, alienta el modelo extractivista, que incluye condiciones de trabajo esclavo, sobre todo en el interior del país. Desprecia el desarrollo autónomo y nos regresa a un pasado en el que se expandían las fronteras arrasando a los pueblos originarios, para aplicar a sangre y fuego el lema sagrado de la Sociedad Rural: “cultivar el suelo es servir a la patria”.

Aunque admira a los países industrializados y se somete a ellos, el discurso oficial presenta al modelo agro-financiero como la única salida posible para la Argentina y como conveniente para todos, cuando en realidad sólo provoca el enriquecimiento de pocos y la exclusión de la mayoría.

¿Hacia un nuevo estallido?

Como si no fuesen suficientes el atraso y la exclusión provocados por esa pretensión de ser “el granero del mundo”, la especulación financiera, la fuga de divisas y el creciente endeudamiento, completan la receta que nos propone Cambiemos.

Para hacer viable ese modelo económico, que necesariamente genera resistencia, el brazo fascista sale en auxilio del brazo liberal. Si hay resistencia, habrá represión, además de atropello de las leyes y manipulación de la realidad mediante el gigantesco aparato político-mediático-judicial al servicio del macrismo.

El péndulo que va marcando los procesos históricos en la Argentina nos volvió a poner en manos del liberal-fascismo. Las consecuencias de la aplicación de este modelo siempre fueron las mismas y las actuales condiciones económicas y sociales anticipan un nuevo colapso.

Durante este año y el que viene se verá si seguimos avanzando hacia el precipicio o somos capaces de dar marcha atrás, para volver a tener futuro.