Por Mariano Quiroga.
 

 

Frente a un escenario en el que parece imposible que podamos ganarles el partido a los dueños de la pelota, de la cancha, que tienen comprados a los árbitros y que pueden cambiar las reglas a su antojo, no pareciera que en su cancha podamos ir a disputar un partido, al menos, claro está, con unas garantías y chances reales. El estado de derecho fue reemplazado por un estado de derecha y es necesario pensar en un nuevo modo de enfrentar este nuevo desafío histórico.

Lo leía a Jorge Alemán y ponía en orden algunas cosas más leídas por ahí y pensamientos y observaciones propias y de compañeros y compañeras en tantas charlas acometidas para tratar de salvarnos de este sinsentido.

Alemán dice que “Puede ser que un grupo de gerentes inmorales e infatuados, con los grupos corporativos y financieros que representan, sean capaces en muy poco tiempo de destruir todo lo valioso que la experiencia popular del país fue capaz de generar en todos estos años. Puede ser.

¿Va a ser gobernable un país con nuestra historia política si esto sucede? Seguramente no. Pero aquí está la cuestión, que según mi criterio, merece ser atendida.

Quizás no pretendan gobernar y sólo se propongan, como un mandato mortífero, destruir y que después ya no importe qué suceda. Podrán entonces perder el gobierno, pero ya no importará; habrán cumplido con la misión de romper la construcción política que un colectivo había tenido la osadía de darse a sí misma.

Lo que venga después no les preocupa en la medida en que liquiden al kirchnerismo.

Es una especulación muy dura verlo de este modo, pero se trata de saber a qué tarea fueron llamados. Incluso más allá de cómo ellos mismos se la representan.

No parece que haya un plan de gobierno, más bien se trata de una tarea de disciplinamiento e intimidación para que después gobierne cualquiera que ya esté domesticado”.

Hasta aquí Alemán, que convoca en esta nota de Nacional y Popular a conformar una alianza política entroncada en el kirchnerismo, al que alaba generosamente, para poder enfrentar este poder corporativo que se ha adueñado de las instituciones de la Argentina.

Pero creo que lo interesante de esta sugerente hipótesis es que no se trata de un plan político, sino de lo que yo vengo definiendo hace tiempo como un plan de demolición. Y ahí, fundamentalmente en esa imagen de la topadora que todo destruye, sobre todo los derechos humanos, es donde se encuadran, se asemejan, se asocian con la dictadura cívico-militar eclesiástica. Porque, son los mismos poderes que antaño usaron las botas, quedándose con la Argentina por otros medios.

Alemán se fue de la Argentina en el 76 convencido de que la dictadura había aniquilado el concepto de “ser con los otros”. Casi lo único que tiene sentido recuperar como especie, ya no como pueblo o corriente ideológica, como especie. Ser con los otros o no ser, esa es la cuestión.

Y frente a esta profanación de la democracia y la institucionalidad capitalista burguesa, se rompen los contratos sociales históricos. Y, tan es así, que retrocedemos más de un siglo para situarnos en un terreno donde las fuerzas de seguridad tienen carta blanca para terminar la limpieza étnica, ideológica y social que necesitan las “corporaciones”. El poder concentrado que hoy representan estos 500 grupos económicos que dominan el planeta. Bullrich no se equivocó al decir que eran la “nueva campaña del desierto”.

Es a eso que hay que enfrentar y no creo que podamos perder mucho tiempo en ver de qué color son los trapos de cada uno o cuáles han sido sus errores históricos. Si está claro el “enemigo” y asumimos que estamos infectados y corrompidos por el mal y nos disponemos a luchar en conjunto para vencerlo, daremos un paso al frente decisivo y nos pondremos a buscar las maneras, porque la democracia ya no nos pertenece. O, al menos, es tierra arrasada.

No es a través de esta democracia que vamos a reconducir los acontecimientos y tampoco tenemos antecedentes históricos que nos sirvan de guía. Todos los terrenos conocidos ya los dominan, se han hecho expertos para manejarlos, por eso la urgencia y la necesidad de crear nuevas fórmulas y formas para articular una ciudadanía activa, movilizada y consciente.