Por algún motivo, ya sea por haber visto la película, por haber leído la novela o sólo por haberlo escuchado nombrar, es conocido el personaje de Frankenstein.

 

El nombre original y completo del libro de Mary Shelley  es Frankenstein o el moderno Prometeo.  Prometeo constituye  un  personaje de la mitología griega recordado por muchas cosas pero, sobre todo, por su capacidad para mentir y engañar a otros.

Frankenstein es una novela de la escritora inglesa Mary Shelley publicada durante 1818 (este año se cumplen dos siglos de su aparición) de la cual se hicieron innumerables versiones cinematográficas y teatrales (entre  las más  célebres y taquilleras  se encuentra la película dirigida por James Whale, en 1931, interpretada de manera brillante  por Boris Karloff en el papel de Frankenstein).  Hay varias cuestiones vinculadas con  esta novela emblemática del siglo XIX,  que, a su vez, constituye una de las obras más representativas del Romanticismo y  que permiten pensar algo en relación a los acontecimientos de la realidad nacional ocurridos durante esta semana

En primer lugar, no se puede hablar de la historia de Frankenstein sin dedicar unas líneas a  su mito de origen. Cuenta la leyenda que cierta noche de tormenta, estando reunidos alrededor del fuego  Mary Shelley,  el poeta Percy Shelley (marido de Mary) y Lord Byron,  surgió de este último  la apuesta que consistió en  ver quién sería capaz de escribir  la mejor novela de terror de la historia. De los tres, lo logró Mary, quien no sólo escribió la mejor  historia de terror de todos los tiempos, sino que  además logró una de  las fábulas más importantes del género humano y la metáfora más clara acerca del conocimiento  a la vez que  una maravillosa e inigualable obra de la literatura universal. Más allá de lo que le costó a Mary Shelley, no tanto  escribir  como  publicar,  esta obra, en esa época,  por el hecho de ser  mujer,  resulta relevante pasar al siguiente escalón en relación a la historia  que da origen a la novela.

Muchas veces, y aún hoy, se ha confundido al monstruo al que llamamos Frankenstein y que, en verdad nunca aparece nombrado en el libro,  con su creador, el doctor Víctor Frankenstein. Recordemos rápidamente: la novela narra la historia de Víctor,  un estudiante de medicina que se cree omnipotente sumado a su carácter soberbio y ambicioso. Su  objetivo de vida  es conocer  “los secretos del cielo y de la tierra” y su mayor afán,  llegar a desentrañar  el funcionamiento del alma humana. Nada menos. A partir de la unión de fragmentos de cadáveres, y con ayuda de una maquinaria ideada por él mismo,  intenta crear un ser monstruoso.  En ningún momento de la novela se dan detalles acerca de cómo es que ese nefasto ser cobra vida. Muchos especulan con que, a raíz de que el doctor Frankenstein era un estudioso de las tormentas, pudo haber sido por medio de un gran shock proporcionado por una fuente de electricidad natural.

¿Por qué traer a colación esta historia? Finalmente estas últimas semanas -aunque venía gestándose desde diciembre de 2015-  un gran Frankenstein cobró vida ante nosotros. La suma de cadáveres políticos, restos de quienes ya todos considerábamos   “muertos” en la función pública vinieron por estos días a sumarse bajo el afán del doctor Frankenstein para dar vida al monstruo quien, haciendo honor a la historia literaria original, un día de lluvia propició el shock de electricidad necesario plasmado bajo las siglas FMI para que el monstruo cobre vida y eche a andar: “Frente a esta nueva situación y de manera preventiva he decidido iniciar conversaciones con el Fondo Monetario Internacional para que nos otorgue una línea de apoyo financiero. Hace minutos hablé con Christine Lagarde, su directora, y nos confirmó que vamos a arrancar hoy mismo a trabajar en un acuerdo”.

La historia continúa: al doctor Frankenstein se le escapa de las manos la criatura que él mismo creó y sale a recorrer el mundo. Pero el monstruo, a quien partir de aquí  denominaremos Frankenstein, como su padre, (¡vaya coincidencia!) no tiene conciencia de quién es ni para qué vino a este mundo. Frente al universo que lo rodea sólo recibe muestras de hostilidad y de rechazo puesto que no logra verse a sí mismo ni tener dimensión del horror que representa.

Hay un momento bisagra, en el que se genera un quiebre tanto en la historia como en el propio Frankenstein: en la novela se trata del momento en que el monstruo se acerca a la casa de unos campesinos y una niña se horroriza al verlo. En la película de James Whale,  ese momento está plasmado en una escena crucial: la imagen muestra a una niña, María, que se encuentra junto a su padre ayudando en el trabajo de la huerta; su padre se va y la deja avisándole que regresará pronto. Cuando María se queda sola, el monstruo aparece, juega con ella a juntar margaritas y tirarlas al lago y, acto seguido,  al verse ya sin margaritas para arrojar y, en un acto irracional, ahoga a la niña.

La alegoría es clarísima si pensamos a la República como esa niña que espera la vuelta de su padre y que termina ahogada por Frankenstein. En la película,  este suceso desatará la cacería de todos los vecinos. La pregunta que sigue entonces es : si quienes cuidaban de nosotros y de nuestro Estado como el papá de esa niña ya no están, si Frankenstein o Prometeo aprovechó ese momento para engañar al 51 por ciento de la población, si la República ya fue ahogada,  ¿cuánto más hay que esperar para reaccionar ante semejante monstruo? Sin embargo, la historia continúa: e monstruo le pide a su padre cada vez más, de hecho una de las cosas que más anhela es no estar solo y por eso le exige que  le “fabrique” una novia idéntica a la joven novia de Víctor.

La novela de Shelley representa todo un símbolo de la literatura de terror pues en ella se concentran todos los miedos que un ser humano  puede experimentar pero, sobre todo, aborda el terror a lo desconocido, a “lo siniestro” como diría Freud. Esta semana, la aparición del FMI, la corrida cambiaria, la  aparición de personajes que ya creíamos fuera de la escena política y económica de nuestro país,  nos remitió a lo más siniestro de nuestra propia historia: ese Frankenstein en que han transformado a la República, nuestra República.  Como pueblo que ya no es niño, es necesario reaccionar porque, sabemos, el monstruo estará dispuesto a pedir siempre un poco más y  de nosotros dependerá que siga avanzando.

* Lic.  Alma Rodríguez. Docente de la UBA. Miembro del Colectivo LIJ