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Por Roberto Pizarro.

 

El Covid-19 vino a poner de manifiesto el papel imprescindible del Estado en la sociedad. La pandemia reivindica la filosofía aristotélica: existimos como sociedad y la política y el Estado son imprescindibles para su funcionamiento. Lejos han quedado los dichos de Margaret Thatcher en sus años de fama: la sociedad no existe sólo hay hombres y mujeres individuales.

Los empleados del Estado no son esos vagos improductivos, estigmatizados por el neoliberalismo dominante y sus empresarios soberbios. Los trabajadores de la salud están dedicando las 24 horas del día a salvar a sus compatriotas: médicas y médicos, enfermeros y enfermeras, personal de servicios, trabajadoras sociales, bioquímicos, personal técnico y choferes de ambulancia. Ninguno vive en la abundancia. No buscan más dinero, ni les importa arriesgar su propia vida en el trabajo que realizan.  Los que fueron cuestionados en el pasado son hoy aplaudidos.

En el plano económico, los mercados están atontados y no salvan a nadie. Las bolsas se hunden, el dólar se dispara, las empresas se detienen, los sistemas de transporte se interrumpen. La autoregulación de los mercados, que nunca ha funcionado muy bien, con la pandemia ha dejado funcionar del todo. El Estado ha tenido que venir a salvar empresas y ayudar a las personas que han dejado de percibir ingresos.

Empresas y ciudadanos apelan al Estado para que los defienda de la crisis. Nadie espera nada del mercado. Este no es capaz de responder en la coyuntura con sus reglas habituales. El coronavirus está haciendo posible lo que hasta hace poco era imposible: está cambiando el sentido común. Cuando la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad están en peligro nadie se escandaliza si el Estado interviene empresas, asume la responsabilidad de la producción de alimentos y asegura la provisión de agua, electricidad, gas y medicinas.

Los gobiernos en todo el mundo han tenido que recurrir a políticas keynesianas, políticas estatistas, para la sobrevivencia de las personas y el sostenimiento de las empresas. Lo que antes era pecado ahora es bendición. Los gobiernos han inyectado inmensas cantidades de dinero para que las sociedades no se hundan en la miseria ¡Qué paradoja! Hoy día crecen al infinito los déficits fiscales y las deudas gubernamentales para enfrentar la pandemia. Pero, antes, las políticas de austeridad redujeron la inversión pública en investigación científica, en la protección del medioambiente y en ampliar los servicios de salud. Aquí tenemos los resultados: los virus nos atacan sin compasión, las vacunas se ven lejanas y los servicios de salud son incapaces de atender la acumulación de enfermos en los hospitales.

El esfuerzo que significa sostener a un país en cuarentena no puede ser garantizado por el mercado ni por tasa de beneficio alguna. En medio de la crisis todos se encuentran en riesgo y piden que el Estado cubra sus necesidades básicas, porque los ciudadanos tienen derecho a disponer de ingresos y bienes esenciales, no importando su condición social. Es que la sociedad existe.

Al mismo tiempo, los empresarios, antes reacios al actuar del sector público, ahora reclaman un salvataje. Son muchos los que dicen que no podrán sostener sus planteles de trabajadores si la inactividad se sigue prolongando. Es que ahora el Estado es bueno.

En suma, en todo el mundo, y con mayor razón en Chile, paradigma del neoliberalismo, cunde la perplejidad. Todo indica que la crisis que actualmente estamos viviendo es un punto de inflexión en la historia. Al término de la pandemia nuestras vidas y sociedades no serán iguales a las de antes. Es seguro que se producirán cambios societales de envergadura. Desde luego, terminará el Estado subsidiario y se abrirá paso a un Estado activo. Lo dice el mismo Financial Times (03-04-2020): “Los gobiernos deben aceptar un rol más activo en la economía. Deben ver los servicios públicos como una inversión y no como un lastre, y buscar modos para que el mercado del trabajo no sea tan inseguro”.

Fuente: Pressenza