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Lic. Mariana S. Karaszewski.

 

La pandemia de COVID-19 irrumpió en nuestras vidas de manera extremadamente sorpresiva y en algunos casos, nos confrontó con situaciones nuevas, aunque en muchos otros, no hizo más que desempolvar escenarios viejos y conocidos, que muestran su cara más cruda en contexto de crisis.
Tal es el caso de la distribución de tareas domésticas que existe en nuestros hogares. Por supuesto que no es una novedad; sin embargo, en contexto de cuarentena y aislamiento, donde los miembros de la familia conviven más de lo habitual y pasan más tiempo dentro del domicilio, ocurre que, en mayor o menor medida, se pone de manifiesto que la repartición de tareas resulta completamente desigual. Según un trabajo del Observatorio de Familias del GCBA, “el mayor porcentaje de las tareas domésticas recae sobre las mujeres del hogar”. En cifras reales, según los resultados obtenidos en la Primera Encuesta Bienal de las familias de la ciudad, “la participación femenina y en particular de la jefa o cónyuge del hogar en el desarrollo de las diferentes actividades de reproducción doméstica del hogar es muy elevada y supera el 80% en casi todas las actividades consideradas (limpieza, cocina, lavandería, compras, etc.). La participación masculina es acotada a algunas tareas como las de mantenimiento y es creciente a medida que asciende el estrato social pero en ningún caso se alcanzan situaciones de equidad de género”.

Y a las tareas domésticas, en el mismo “combo”, también sumémosle: el cuidado de los más “indefensos”, niños y ancianos (y mascotas), la “carga mental” que genera garantizar que las dinámicas intra-hogareñas funcionen bien, siendo responsable de la logística, planificación, coordinación y toma de decisiones y también por supuesto, memorizar el plano imaginario con la ubicación de todos los objetos de la casa, recordar las fechas importantes y los gustos y preferencias de todos los integrantes de la familia.

Si tomamos en cuenta estos datos y los trasladamos al contexto actual de cuarentena, no es extraño que esta realidad se visualice de manera aún más evidente y se adviertan sensaciones de tensión, agotamiento, malestar, estrés y colapso en la persona sobre la cual recaen las mayorías de las tareas. Asimismo, puede ocurrir que se genere una suerte de incomunicación (o comunicación muy escasa) entre los convivientes, afectando la administración de las responsabilidades vinculadas al cuidado; en especial de niñas, niños y adolescentes. Pero, ¿por qué digo que esto no es una novedad? En algún momento habrás escuchado que a las mujeres nos llaman “locas”, “densas”, “pesadas”, “histéricas”. También aducen que tenemos “poca paciencia” y somos “demandantes”. Lo que no se si escuchaste o te pusiste a pensar es de donde viene todo esto. El modelo patriarcal se remonta a cientos (sino siglos) de años atrás y define estereotipos de género; es decir que se crean ideas, modelos, mandatos, tendencias sobre lo que las personas deben desempeñar o poseer
de acuerdo con su género. Los roles, entonces, se traducen en la práctica de estos estereotipos que son generacionales y varían según la cultura y contexto. Sin embargo, aunque suene lejano, la lógica patriarcal, aunque viene perdiendo su fuerza, tiene plena vigencia en nuestros días.

La definición de patriarcado según los libros es el “predominio o mayor autoridad del varón en una sociedad o grupo social”. El caso es que la lógica patriarcal conlleva implícitas otras lógicas y si bien no estamos hablando de personas, de hombres y mujeres, sino de posiciones, ha sido y sigue siendo muy difícil despegar a los hombres de la posición masculina y a las mujeres de la posición femenina. Ya sea porque se identifican con el rol que la cultura les propone o incluso porque lo rechazan, pero el eje sigue siendo el mismo, por lo que alejarse del ideal puede generar tanto malestar como encarnarlo y generar un costo que no todos están dispuestos a pagar.

Díganme si no les suena que se identifique al hombre con un “macho proveedor”, dominado por la lógica y la razón, que se mueve en el mundo de lo público por fuera de su casa, se relaciona con gente “importante”, establece lazos exogámicos, sale a trabajar y ganar dinero para abastecer a la familia, tiene bien merecido su tiempo de ocio, es fuerte y tiene que saber de oficios para solucionar inconvenientes domésticos (aunque eso implique ponerse en riesgo, claro, porque ser experto en todo no viene dado por naturaleza).

Por otro lado, muchas mujeres capturadas por una posición femenina que las hace sentir realizadas solo a través de la maternidad y/o el cuidado de otros. Mujeres que habitan un mundo privado, hogareño. Realizan infinidad de tareas domésticas, porque “saben hacerlo bien” pero tienen que pedir permiso para estar “sin hacer nada”. Dominadas por las emociones, sumisas y débiles. Reconocidas y valoradas en su identidad como “reproductoras”, portadoras del famoso “instinto materno”, con el conocimiento de la crianza y el cuidado de
niños y adultos mayores, porque “nadie lo hace mejor que ellas”.

Retomando el comienzo, esta problemática tiene origen de larga data y lo que hizo la cuarentena fue solo recordarnos que continuamos viviendo en un mundo desigual, injusto y con estereotipos pasados de moda que es necesario revisar y renovar… pero para que esto suceda y avancemos a paso firme, es necesario que se entienda de una vez por todas que las mujeres padecemos, enfermamos (¡y hasta enloquecemos, sí!) por un virus llamado “patriarcado”… contagioso, resistente y para el que aún no se encontró vacuna ni cura.

Fuente: IB24