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Por Eduardo J. Vior.

 

El ataque norteamericano contra la base de una milicia iraquí en el lado sirio de la frontera entre ambos países el viernes 26 coincidió con la publicación en Washington de un informe sobre el asesinato del espía-periodista saudí Yamal Jashogui en Turquía en septiembre de 2018. Con el bombardeo la Casa Blanca avisó a Moscú y Teherán que está de vuelta en Oriente Medio, pero que no va a seguir avanzando, si Irán se aviene a renegociar el acuerdo nuclear de 2015 y reduce su presencia en la región. Con la difusión del reporte, en tanto, interviene en la venidera sucesión del rey Salmán y pretende incluir Yemen en la mesa de negociación con Irán. Todavía más, aumentando su presencia militar cerca de las fronteras de Irak y Grecia con Turquía quiere disciplinar a ésta. Sin embargo, como EE.UU. ya anunció que hará un uso limitado de la fuerza y que no abandonará a los aliados de siempre, su juego se ha hecho muy predecible y todos los actores regionales maximizan sus apuestas para llegar a la mesa de negociaciones con las mejores cartas.

El presidente de EE.UU., Joe Biden, aseguró este viernes haberle dicho al rey de Arabia Saudita, Salmán bin Abdulaziz, que hará a su régimen «responsable de abusos contra los derechos humanos» y que Washington pronto anunciará «cambios significativos» en su relación con Riad. Sus declaraciones se produjeron luego de que la inteligencia norteamericana publicara un informe acusando al príncipe heredero Mohamed bin Salmán (MbS, como se lo conoce) por la autoría intelectual del asesinato del periodista saudita Yamal Jashogui en Estanbul en octubre de 2018.

Ya desde la campaña electoral Biden ha venido aumentando la presión sobre la familia real saudí, para apartar al todopoderoso MbS de la sucesión del anciano rey, de 86 años.

Con tono de dama ofendida, el Ministerio de Exteriores saudita rechazó por completo la evaluación «negativa, falsa e inaceptable» del informe estadounidense. Además, Riad afirmó que la asociación entre el reino y EE.UU. sigue siendo «sólida y duradera». Se sabe que Yamal Jashogui colaboró durante años con el servicio de contraespionaje británico MI6 y que probablemente estuviera involucrado en un fracasado golpe de estado contra MbS. No es tampoco descartable que los émulos de James Bond lo hayan enviado a la muerte, porque ya no lo necesitaban. A través de ellos el periodista/agente estaba estrechamente vinculado a la Hermandad Musulmana, hasta 2015 sostenida por Saudiarabia, Bajréin, los Emiratos y Turquía y con milicias propias dentro de Siria que Erdogan desmontó, cuando mejoró sus vínculos con Vladímir Putin. Después de un mes de investigaciones las autoridades sauditas imputaron a ocho miembros de la inteligencia del reino por el asesinato y el propio hijo de Jashogui se manifestó conforme con el modo en que fue “resuelto” el caso. ¿A qué viene entonces su reflotamiento por los norteamericanos?

Es obvio que ninguna potencia tiene interés en un choque frontal con la monarquía, porque los multimillonarios sauditas motorizan las finanzas y los negocios (especialmente inmobiliarios) desde Moscú y Estanbul hasta Londres, Washington y El Cairo. Da la impresión de que Biden quiere mostrar a Mohamed bin Salman la tarjeta amarilla: si no colabora para acabar la guerra en Yemen, Washington haría públicos sus crímenes. Ya previamente le habían quitado el apoyo militar para la masacre en Yemen.

Lógicamente, el movimiento nacional yemení, que abarca a los rebeldes hutíes (por el nombre de su líder) y a la mayor parte del ejército regular y controla el centro y norte del país, atacó este domingo Riad y relanzó sus intentos por liberar la provincia de Marib, al este de Sanaa, la capital del país. Este domingo, en tanto, Arabia Saudita denunció que había interceptado un ataque teledirigido contra su capital que los hutíes reivindicaron.

Con su ataque los yemeníes buscan testear la intención norteamericana de forzar a Arabia Saudita a terminar su guerra de agresión. Sin embargo, Washington no puede tensar demasiado la cuerda. Aunque ya no dependa tanto del petróleo saudita, porque se autoabastece, Riad es su segundo aliado más importante en Medio Oriente, inmediatamente detrás de Israel. Además, Washington no puede aceptar un régimen proiraní en la puerta del Mar Rojo, por donde todavía pasa una parte importante del petróleo del Golfo. Como todos lo saben, no es previsible que los sauditas se preocupen mucho por la amenaza del inquilino de la Casa Blanca.

Por otra parte, dado que Biden quitó a los hutíes de la lista de organizaciones terroristas en la que los había incluido Trump, Arabia Saudita y los Emiratos ya no pueden argumentar que atacan a Yemen, para restaurar el gobierno que renunció en 2014. A lo sumo, si consiguen estabilizar la alianza de partidos y clanes del sur del país, puedan declararlo como conflicto interno e imponer la división del país, como sucedió en la mayor parte de los últimos dos siglos. De un modo u otro, empero, el suroeste de la península quedará bajo control de un aliado de Irán.

El gobierno demócrata ya expresó su voluntad de retornar al acuerdo nuclear de 2015, pero las partes aún no están de acuerdo sobre quién va a dar el primer paso. Este domingo  Teherán rechazó una primera oferta de los países occidentales signatarios del documento (EE.UU., Reino Unido, Francia y Alemania) para una reunión informal sin precondiciones. Con buena lógica los iraníes dicen que, si los norteamericanos se retiraron del acuerdo en 2018, primero deben retornar al mismo y cancelar todas las sanciones que impusieron al país persa, antes de empezar a negociar. Sin dudas, Irán necesita que se levanten las sanciones occidentales, para reconstruir su economía dañada por el bloqueo y la pandemia, pero sus líderes también saben que las empresas occidentales están ansiosas por invertir en una economía que nada en un mar de petróleo, que el Eje de la Resistencia que han organizado desde Afganistán hasta Yemen puede repeler con los cohetes iraníes cualquier ataque de la coalición israelo-saudí-bajreiní-emiratí y que Rusia y China no permitirán el estallido de una guerra general en el Oriente Medio ampliado.

El presidente Biden declaró este viernes que había ordenado el bombardeo de la base miliciana en la frontera sirio-iraquí, para mostrar a Irán que «no puede actuar con impunidad.” La advertencia, empero, se la devolvió el ministro de Relaciones Exteriores ruso: «informaron a nuestros militares, con cuatro o cinco minutos de antelación, una notificación, aclaró, que no sirve para nada cuando el ataque ya está en marcha». Al recordar que EEUU está en el territorio de Siria de forma ilegal, marcó el límite de la tolerancia rusa.

El redespliegue norteamericano en Oriente Medio incluye también medidas para la “contención” de Turquía, un país que bajo Recep T. Erdogan (desde 2000) ha ido ganando autonomía y preponderancia, aunque sin romper su alianza con EE.UU. El 18 de febrero el secretario general de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, confirmó la decisión de ampliar su contingente en Irak de 500 a 4.000 efectivos, aunque las propias fuerzas armadas iraquíes declararon que no lo necesitan.

Por otro lado, también en febrero se informó que Atenas permitió a Washington desplegar 30 helicópteros de ataque Black Hawk en Alejandrópolis, a 50 km de la frontera turca.

El poder norteamericano volvió con la misma ambición global de antaño, … pero con los bolsillos vacíos. Al recibir al portaaviones Nimitz de regreso en su base en la costa oeste de EE.UU., el secretario de Defensa Lloyd Austin se lamentó el viernes, porque el mando naval querría desplegar esas naves a la vez en todos los mares que rodean Eurasia, pero no puede. De los once portaaviones de la Armada, cinco están en reparaciones, dos acaban de llegar de viajes largos, dos se están preparando para próximos viajes y sólo hay uno disponible inmediatamente. Es dudoso, entonces, que el Estado Mayor Conjunto en su próxima reunión pueda enviar un portaaviones al Mediterráneo Oriental para presionar a Irán.

No es la primera vez que Estados Unidos se mete en un pantano por querer jugar todas las partidas al mismo tiempo. EE.UU. parece un jugador de póquer que tuviera detrás un inmenso espejo en el que sus contrincantes pueden ver las cartas que va a jugar. Ya le pasó en Corea, Vietnam, Afganistán e Irak. Se propone y anuncia objetivos limitados en cada uno de los frentes. Como sus adversarios y aliados saben que son limitados, maximizan sus apuestas para imponerle una posición desventajosa. Para mejorar ésta, entonces, la superpotencia traspasa los límites anunciados. Tanto sus aliados como sus enemigos, por lo tanto, se sienten engañados y responden jugando contra la banca. De este modo los conflictos se espiralan, devienen interminables e incontrolables. No es engaño, sino el interés que todo actor en la política mundial pone en la defensa de sus objetivos y metas. A Estados Unidos le pasa esto, porque su elite piensa que el mundo es una prolongación de sí mismo y se niega a aceptar cosmovisiones y lógicas diferentes a las propias. Si fueran menos misionales, serían más realistas y el mundo sería más sensato.

Fuente: IB24

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