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Por Mauricio Alvarez, desde Francia para la agencia de prensa internacional Pressenza

Antes de empezar este artículo le pedí a un puñado de amigos que compartieran conmigo su visión acerca de la noción de modernidad. Con gran sorpresa comprobé que asociaban espontáneamente este término con aspectos positivos como la democracia, el desarrollo tecnológico, la libertad o los derechos humanos. Confieso que esperaba encontrarme con algunos indicios de malestar o desazón que permitirían justificar de alguna manera mi visión pesimista de nuestra época. Sin embargo, no tuve más remedio que ir a buscar explicaciones donde algunos sociólogos y filósofos.

Individualismo y crisis de identidad

Históricamente, la modernidad se inicia en el siglo V, pero en términos económicos y sociales podríamos decir que llegó mucho más tarde a su apogeo con la revolución industrial y el triunfo del capitalismo. Este periodo de la historia se caracteriza por haber aportado la “libertad absoluta” del ciudadano para definir sus objetivos de acuerdo a su propia voluntad. Esto quiere decir que la sociedad renuncia poco a poco a las nociones de tradición y de determinación social y las sustituye progresivamente por la de autodeterminación obligatoria. Este cambio es en mi opinión una verdadera sentencia para el individuo y acarrea cambios de gran importancia en el funcionamiento de la sociedad.

Empecemos por el individuo. Un grado de “libertad” de esa magnitud sin duda que lo sume en una crisis de identidad permanente. El individuo se ve forzado a auto-transformarse continuamente, a actuar de acuerdo a sus propias convicciones y asumir plenamente su responsabilidad y las consecuencias de sus actos. Como si esto fuera poco, todo este proceso debe aplicarse en una sociedad caracterizada por la incertidumbre y el imprevisto. No es sorprendente entonces que cada día haya más y más individuos que se sienten asfixiados y paralizados por el miedo y la angustia.

Los seres humanos no tienen otra opción más que luchar unos contra otros para sobrevivir en un contexto altamente competitivo. Esta confrontación tiene como consecuencia la supremacía del individualismo y la predominancia de la propiedad privada por sobre la cohesión social y el bien común.

La sociedad moderna se ha convertido en un patchwork de individualidades que se caracteriza por la precariedad de los vínculos humanos y el carácter transitorio y volátil de las relaciones. ¿Quién no ha vivido la experiencia de Facebook? Sentimos satisfacción de pertenecer a una comunidad y de tener “amigos” disponibles, pero sin el peso pesado de la verdadera amistad. Si un contacto exige demasiado, tenemos la posibilidad de apretar el botón “suprimir” y problema resuelto. Los invito a explorar el concepto de “Sociedad Líquida” desarrollada por el sociólogo Zygmunt Bauman.

Los movimientos sociales fragilizados

En este artículo, me apoyo sobre tres características importantes de la modernidad: el individualismo, la precariedad y la incertidumbre. Las llamo las Fronteras de la Modernidad, porque al mezclarlas obtenemos un muro sólido que impide toda posibilidad de unión y de concertación social y pone límite a la esperanza de construir un mundo mejor.

Prueba de esto son los recientes movimientos de los Indignados en España, el Occupy Wall Street en Estados Unidos y la Nuit Debout en Francia. Aunque logran movilizar masivamente a las muchedumbres, estas asambleas han resultado un tanto estériles. Intentaré explicar la razón de estos “fracasos” partiendo de las tres características anteriormente citadas: en primer lugar, aun en las asambleas que celebran la convergencia de luchas, el individualismo y los intereses particulares terminaron pasando por encima de lo colectivo. La multiplicidad de mensajes generó una cacofonía inaudible y ensordecedora que primó sobre el trabajo en equipo y la concertación. Segundo, el grado de precariedad de la población, obligó a los manifestantes a abandonar rápidamente las luchas para volver a sus empleos remunerados porque, de otra manera, ¿cómo sobrevivir? Todos sabemos que un cambio de modelo de sociedad exige un compromiso de largo plazo y que inmersa en una situación de fragilidad, la gente no tiene la posibilidad de participar indefinidamente en los movimientos. La intensidad de las movilizaciones y el número de participantes, por lo tanto, se redujo naturalmente hasta la disolución total de estos movimientos. En tercer lugar, el miedo y la desesperación frente a un futuro incierto dificultan la lucha de tal forma, que esta suele percibirse como perdida de antemano. En un mundo tan complejo, los participantes tienen la impresión de que deben dominar tantos parámetros y conceptos que las discusiones y los debates quedan a menudo centrados en nociones puramente teóricas en las que reina la incertidumbre.

“Dividir para reinar” declaraba el emperador romano Julio César. El sistema político, económico y social de la época moderna generó de forma voluntaria o involuntaria una división y un gran caos en la sociedad. Este contexto facilitó la concentración del poder y la victoria parcial de algunas fuerzas económicas. Un estudio reciente publicado por la ONG Oxfam indica que el patrimonio acumulado del 1 % de los más ricos del mundo supera en 2016 al del 99 % restante. Estas cifras son a todas luces alarmantes, ¿pero qué pasaría si cada individuo decidiera firmemente cambiar de paradigma? ¿Si finalmente las fuerzas se unieran para destruir las fronteras de la modernidad y luchara por el bien común de la humanidad? Tengo la firme convicción de que un mundo mejor, más humano y solidario todavía es posible.